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Old 9th November 2010, 01:38 AM   #4
Urgellenk
Super Forero
 
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Originally Posted by Margot View Post

Lázaro

Un día a finales de agosto, al atardecer, amainó finalmente una tormenta horrenda. Su fuerza feroz había azotado todo a su paso, por hora tras hora antes de que se agotarse y se terminara. Por eso, tan pronto como vio este cambio bienvenido en el tiempo, un navegante anciano decidió de aprovecharselo para dar un paseo por la playa desierta que se extendía enfrente de su casa. (frente a su casa sounds more literary to me).

El anciano miró el mar. ¡Qué diferencia! Tenía ahora la tranquilidad de un lago; no había ningún movimiento. Las tremendas olas tremendas habían amainado. La calma que resultó tenía una cualidad surrealista, misteriosa, casi sobrenatural. Era como si el mundo estuviese conteniendo el aliento mientras esperaba un suceso todavía desconocido.

Era tarde. El sol, ya bajo en el cielo, se había convertido en una visión alucinante. Parecía a una bola de fuego. Su color dorado se había transformado en un rojo sangre cuya intensidad se avivaba a cada minuto que pasó. Mientras estaba mirándolo con asombro, el viejo se daba cuenta de que habían aparecido por encima de él no uno, ni dos, sino tres distintos arcos iris diferentes. Se le ocurrió que era como si las cintas coloreadas estuvieran tratando de envolver el cielo sí mismo en un paquete gigantesco para preparar a dárselo a alguien como regalo magnífico.

Tan pronto como el hombre llegó a la playa y empezó a caminar por la orilla del mar, el agua tranquila comenzó a reflejar los colores de una puesta de sol fenomenal. Su color azul se transformó en una intenso rosa oscuro. Y todo, el cielo, el mar y lo que existía entre los dos, parecía una sola cosa. Había una harmonía total.
El capitán se sentía reanimado por la magia de sus entornos, vigorizado por el espectáculo de los cambios increíbles que estaban ocurriendo uno tras otro. Aceleró su paso. Respiraba hondo. Con cada aliento el se sintió infundido por vida nueva. Tenía la sensación extraña de haber vuelto a nacer.

Se encontró caminando rumbo al antiguo muelle que quedaba más allá del curvo ?? de la costa al otro lado de la isla pequeñita, la parte algo salvaje (del puerto - I reckon). Era un sitio abandonado desde la construcción de otro muelle más cerca del pueblito hace muchos años. Mientras andaba, una brisa suave comenzó a soplar. Y, a la vez, el capitán percibió el sonido lejano de una música tocada por instrumentos raros, una música misteriosa. Aunque, al principio, el sonido era bastante débil, apenas perceptible, mientras él seguía andando se fue haciendo más fuerte, su ritmo más insistente. Y se le parecía al capitán cada vez más y más familiar....como una melodía no olvidada por completo sino que enterrada en la memoria como algo que conoció bien hace mucho tiempo, cuando todavía su juventud, sus esperanzas y sus sueños le cantaban, le animaban y le desafiaban. Su música le atrajo al capitán hacia el muelle como una cuerda invisible e irresistible. Sabía que tenía que descubrir la fuente de lo que estaba oyendo.

De repente, el sendero dobló a la izquierda. Siguió la nueva dirección nueva. La fuerza de la música y su volumen aumentaron. Su intensidad se había vuelto tremenda. En aquello momento se le apareció el muelle. Se extendía sobre un mar rosa. Y, sentando en su extremo, en la distancia lejana, rodeada por el mar y bañada por la luz etérea de un sol que estaba a punto de desaparecer bajo el agua debajo, había una... ¿mujer? No. ¿Un pez? No era un pez. El capitán se dio cuenta de que tenía los ojos clavados en ¡una sirena!

Sí, era una sirena sentada en el punto más lejano del muelle viejo. Estaba mirando al capitán y, aun sin voz, pero aun así - estaba cantándole, pidiéndole que fuese hacia ella. La sirena llevaba alrededor del cuello unas largas algas largas las cuales eran entrelazadas para formar un collar. Desde el collar era tachado ??? y pendía una concha luminiscente. Ella estaba sonriendo al capitán. A la vez le ofrecía la concha de su collar que tenía entre las manos extendidas en su dirección.
De pronto, el capitán se dio cuenta, con certeza absoluta, de que contenía la concha era la fuente de su música. Supo que su canción había sido envuelta y protegida por su sirena durante el curso de todos esos largos
años vacíos, silenciosos, años de ilusión pérdida; la concha de su sirena había salvaguardado su melodía. Todo lo que había permanecido sumergido en el fondo del mar desde aquello día catastrófico en el que se hundió su barco, un año atrás, había sido rescatado y guardado por su sirena hasta el momento en que el capitán viniera a reclamar lo que era el suyo. Hasta ¡ese mismo instante!.
Con paso seguro y rápido se dirigió a su sonriente sirena sonreída para recuperar su música, su ilusión perdida. Sintió que podía volar, sintió como si estuviera andando sobre el agua. Y de hecho, ese era precisamente lo que estaba haciendo.

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